Mis pies detienen la marcha frente al paso de cebra. El semáforo, en rojo, implica la circulación de vehículos. Pero hoy ninguno atraviesa la zona peatonal. Entonces miro a mi derecha, y al fondo de la calle veo un grupo de jóvenes con pancartas en mano, gritando, enfurecidos, tirando cubos de basura y cortando el tráfico.
Violencia. Qué horrible palabra. La mejor amiga del hombre. Qué pena llegar a hacer uso de ella, y más penoso aún, ser apaciguada por más violencia.
Hartos de que sus voces no lleguen a ningún sitio. Hartos de que los políticos (ver posterior entrada), para variar, se dediquen a insultarse entre sí en vez de hacer su trabajo. De qué sirve la queja, si hacen caso omiso en la mayoría de las veces.
Pero qué bien montado está el sistema. Porque encima, si sales a la calle a protestar, te descuentan las horas de tu sueldo. Y una familia que no llega a fin de mes, no puede protestar. El dinero... la ambición por el dinero ha corrompido al ser humano por dentro. En otras palabras, se podría decir que están comprando tu silencio.
Y no sólo eso. La violencia es apaciguada con violencia, entre el mismo pueblo. El pueblo oprimido, se pisa a sí mismo. Los antidisturbios no son más que gente del pueblo, que castiga con violencia al mismo pueblo. Un comercial intenta engañar al comprador para conseguir más dinero. Una persona pisa a otra para tener como fin un aumento. Mientras, políticos, y esos empresarios de los que no se conoce ni el nombre, viven a lo grande.
¿Libertad de expresión? Y una mierda. Libertad de pensamiento, eso sí. Cada persona tiene una concepción diferente del mundo que lo rodea. Pueden tener semejanzas en ideologías o creencias, pero dentro de cada una, el ámbito es enorme. Todos somos libres de pensamiento, pero no de expresión.
Cuánto miedo nos paraliza. No es la primera vez que alguien se ha quejado a un profesor en nombre de todos sus compañeros y luego no se ha visto respaldado por nadie. Una vida de cárcel y sufrimientos es lo que nos esperaría.
Ahora bien. Me quejo del sistema, es verdad. Pero me veo en la necesidad de decir que no se me ocurre nada mejor. ¿Revolución? Bien, y después qué. Napoleón dijo al pueblo muchas palabras bonitas, y luego bien que se aprovechó.
Da igual el comunismo, socialismo, capitalismo... Todos, quieran o no, se ven dominados siempre por los mismos. El poderoso es quien domina, y quien vive feliz. Da igual que sea noble en el Siglo de Oro o en nuestros días. Siempre están ahí. Y el pueblo quiera o no, se verá oprimido siempre.
Como dice mi padre: "hijo, nos ha tocado vivir en el bando de los tontos"; y cuánta razón tiene.